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La fascinación por los abismos carcelarios

Anders Behring Breivik es un tipo guapo de 45 años, rubio, de ojos celestes y con una calvicie rampante que contribuye a remarcar la simetría de sus rasgos escandinavos. Docenas de mujeres gastan horas escribiéndole cartas ardorosas y se ofrecen para ser sus novias o simplemente para ir a regalarle un rato de sexo.

Anders asesinó a 77 personas el 22 de julio de 2011, cuando hizo explotar un coche bomba en Oslo, frente a la oficina del primer ministro noruego, donde mató a ocho peatones. Y dos horas después cruzó a la isla de Utoya, donde acribilló a 69 estudiantes con su rifle semiautomático Ruger AR-15, recién comprado en una tienda del centro de la capital.

En 2016, Anders le ganó un juicio al Estado. Denunció que se sentía muy estresado por las condiciones de reclusión en la cárcel donde fue encerrado para cumplir los 21 años de su condena. Dos años antes había amenazado con una huelga de hambre si no le compraban la nueva PlayStation 3, lo que finalmente obtuvo. Y en 2024 volvió a ser noticia porque exigió que le regalaran una mascota para sentirse más acompañado, y consiguió que le dieran una enorme jaula con tres cotorras para cuidar.

Anders es un huésped de lujo en la prisión de Ringerike, ubicada frente al escénico fiordo Tyrifjorden, donde flota la isla en la que cometió su matanza. En la cárcel, Anders dispone para él solo de un departamento de tres habitaciones, disfruta de un enorme televisor de pantalla plana, sillones donde jugar con su nueva Xbox, máquinas de musculación, cocina con lavavajillas, biblioteca, y tiene autorización para ver regularmente a un pastor, a un fisioterapeuta, a un psiquiatra y a una visitadora de la Cruz Roja que lleva un perro para que él lo pueda acariciar. Además, una vez por semana puede elegir a un recluso para invitarlo a cocinar y a almorzar.

Los jueces que fallaron a favor de los pedidos de Anders dijeron que el derecho es fundamental en una sociedad democrática y que también se aplica a los peores terroristas y asesinos. Noruega es un país que resolvió sus problemas básicos, que sabe asegurada su bonanza para las próximas décadas y se da el lujo de tratar como un invitado cuatro estrellas a la persona más abominable que tiene entre sus 5,4 millones de ciudadanos.

En 2022, en el país nórdico hubo apenas 30 homicidios dolosos. Sólo en la provincia de Córdoba, en 2023, hubo 102 asesinatos. Noruega todavía insiste en torcer a sus peores ejemplares humanos para tornarlos en ejemplos de superación personal.

También en estos meses otra realidad carcelaria ha llamado la atención internacional. El presidente de El Salvador, Nayib Bukele, inauguró en 2023 una megacárcel de máxima seguridad para 40 mil presos, llamada Centro de Confinamiento del Terrorismo.

Sicarios y pandilleros cumplen condenas de hasta 700 años en un predio donde los rapan cada cinco días, duermen en camastros de hierro apilados de cuatro niveles, comen con las manos porque está prohibido usar cubiertos, defecan a la vista de sus otros 155 compañeros de celda y cuando salen al pasillo son sujetados con grilletes en manos y pies.

Nayib Bukele, el presidente de El Salvador. (AP / Archivo)
Nayib Bukele, el presidente de El Salvador. (AP / Archivo)

Este modelo recibe elogios entusiastas en el resto de los países latinoamericanos, muchos de ellos hundidos en tasas de criminalidad superiores a 20 asesinatos por cada 100 mil habitantes por año. Noruega tiene 0,5.

La provincia de Córdoba, a la que le gusta posar de buen ejemplo argentino, tiene detenido en su cárcel principal a quien hasta hace pocos meses era el jefe del Servicio Penitenciario. En las cárceles cordobesas entran camiones con cocaína, marihuana, drogas legales, alcohol y teléfonos que se usan para armar call centers con los que los presos cometen estafas y secuestros virtuales.

Otro ejemplo del uso del Estado con fines delictivos, pero esta vez no realizado por exponentes de la casta.

Las cárceles son un dispositivo segregativo creado para humanizar los castigos. Antes, los reyes o tiranos directamente mandaban a degollar, a quemar, a empalar o a desterrar a quienes los molestaban. Pero hoy vivimos un cambio en el paradigma nacido con posterioridad a las guerras mundiales, y cada vez son más los países que -más allá de lo que indiquen sus leyes- prefieren cárceles que son depósitos de cuerpos, sin ninguna aspiración de redención. Corrales para aislar a marginados donde reinan el racismo y la aporofobia.

Las cárceles son burbujas de ignominia, paréntesis donde se suspende la aplicación de derechos básicos, vertederos a los que se arrojan los espejos más molestos de cada sociedad. Quizá por eso siguen produciendo la misma fascinación con la que uno se asoma a los abismos.

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