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Hipocresía y arbitrariedad en la lucha contra el doping

25 de junio, Boston, Maradona de la mano de la asistente que lo llevará hacia la prueba que lo marginaría del Mundial
25 de junio, Boston, Maradona de la mano de la asistente que lo llevará hacia la prueba que lo marginaría del Mundial

Casi como si los atletas de Alto Rendimiento fuesen agentes externos de nuestra sociedad, atravesada cada vez más por el fenómeno del consumo de sustancias prohibidas, el mundo del deporte se empeña en instalar que una de las principales finalidades de la lucha contra el doping es la de fortalecer la idea del deportista como modelo a seguir. En el deporte y en la vida. Eso que no se le pide ni a un presidente , ni a un senador, ni a un arquitecto, ni a un periodista se le exige al ídolo. Un desconcepto y una arbitrariedad que llevó a Charles Barkley, uno de tantos cracks de la NBA de los 90, a asegurar que “yo no soy un Role Model. No me parece correcto que los niños consideren ejemplo a gente que ni siquiera conocen. Eso deben encontrarlo dentro de sus ámbitos familiares”

Se trata de una distorsión que, además, lleva a que los códigos internacionales antidopajes consideren tan prohibido un anabólico como el consumo de cocaína o marihuana, sustancias estas últimas cuya influencia en la mejora del rendimiento deportivo ha sido descartada por una cantidad importante de especialistas. De tal modo, las corporaciones deportivas ponen en un plano de equivalencia a la trampa deportiva con el cuestionamiento social y jurídico del consumo de estupefacientes. Sin embargo, si algo deja en evidencia la falta de profundidad con la que se atiende el tema del doping es el hecho de que, en la enorme mayoría de los casos positivos, el único sancionado es el deportista.

Este fenómeno, que atraviesa desde el deporte ruso, que ya antes de la invasión a Ucrania llevaba más de cinco años de restricciones para participar de las principales competencias por presunto compromiso estatal al respecto, hasta al norteamericano, al cual no se lo sanciona integralmente por considerar que los muchos casos son de índole entre individual y privado, no es algo de lo cual nuestro deporte esté ajeno.

A veces, por negligencia: la Argentina estuvo cerca de ser excluida de los Juegos Olímpicos de Río (2016) debido a que la Asociación del Fútbol Argentino seguía haciendo sus controles en el laboratorio del CENARD, que no cumplía con los estándares de calidad .y seguridad exigidos por la Agencia Mundial Antidoping (WADA). Otras veces por una combinación entre ambición malentendida, inconciencia, ignorancia o la soberbia de “a mí no me va a tocar”.

Atletismo, natación, fútbol, básquet, gimnasia, rugby, lucha, tenis… cuesta encontrar disciplinas que no hayan sido atravesadas por este fenómeno en nuestro país.

Desde ya que ningún caso es igual al otro y que la lista incluye desde deportistas contaminados en su buena fe por sustancias adulteradas o mal asesorados por asistentes inescrupulosos hasta alguno que asumió que correría cualquier riesgo con tal de llegar a un podio.

Lo que los vincula es la soledad de la condena. En la Argentina como en el mundo, la enorme mayoría de los casos terminaron solo con la sanción del atleta. Responsable, desde ya. Pero quedan solos frente al pelotón como si no tuvieran alrededor entrenadores, médicos, preparadores físicos, financistas o dirigentes.

Difícilmente encontremos un caso más emblemático de doping que el de Diego en el Mundial 94. ¿Acaso alguien recuerda que la FIFA haya sancionado, además, a quien suministró, recetó o compró la sustancia? ¿O a quien encubrió el episodio en la interna del equipo, tratándose justamente de Maradona?

En las antípodas de lo mediático aparecen casos de atletas amateurs que consumieron hormonas de crecimiento. Ampollas cuyo precio unitario supera largamente el valor de la beca mensual de cualquiera de ellos.

Apenas una reflexión final. Casi matemática. Al sancionar a un deportista, la falta considerada una estafa al fair play se multiplica por uno. Al no hacernos cargo de los entornos, en tanto autores intelectuales que ni siquiera lastiman su organismo con agentes tóxicos, podemos multiplicar por tantos casos como deportistas estén bajo su órbita

Básicamente por eso no sólo la batalla entre doping y controles se parece a una carrera entre una Ferrari y un Fitito, sino que se corre el riesgo de que la búsqueda de la supuesta pureza del juego limpio de convierta en un pregón inconsistente.

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