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Fútbol femenino: cuando el prejuicio supera a la convicción

En muy contadas ocasiones las futbolistas argentinas pueden jugar en el mismo campo que usan los varones
En muy contadas ocasiones las futbolistas argentinas pueden jugar en el mismo campo que usan los varones

Cuando dentro de poco más de un mes el seleccionado argentino femenino de fútbol comience su aventura en un nuevo Mundial de la especialidad, muchos de nosotros nos prenderemos a la tele sin desmenuzar todo lo que subyace alrededor del juego y de las ilusiones de nuestras chicas.

El desafío de viajar a Nueva Zelanda para enfrentarse con Italia, Sudáfrica y Suecia implica mucho más que tratar de superarse a sí mismas y, aun sin ser favoritas, aspirar a una clasificación a segunda fase sin precedentes. De por sí, cerrar la fase de grupos con las suecas significa toparse con históricas referentes de la especialidad con un subtítulo mundial en 2003 y medallas plateadas en los dos últimos juegos olímpicos. El fútbol femenino en la Argentina es una disciplina que poca gente del establishment de las pelotas apoya con convicción, esa virtud contra la cual pocas cosas conspiran más que los prejuicios, condición a la orden del día cuando los varones le cedemos la pelota a las mujeres.

Hace unos años, en una charla que Ariel Scher, Ezequiel Fernandez Moores y Guido Bercovich compartimos con Mónica Santino quien a sus antecedentes como futbolista, profesora de educación física, periodista especializada en deportes y presidenta de la Comunidad Homosexual Argentina, le agregó en la ultima década un rol fundamental para la evolución del fútbol femenino como referente del Club La Nuestra, de la Villa 31 de Retiro.

Entre un montón de enseñanzas, lo que más me impactó de la entrevista fue la confesión de cuánto costaba conseguir que los varones prestaran la cancha a las mujeres. Una discriminación, por lo menos, singular tratándose de un barrio cuyos habitantes suelen ser, justamente, discriminados por personas que creen que las únicas líneas divisorias entre seres humanos pasan por la condición socioeconómica.

Es probable que algunos de ustedes, al leer esta referencia, automáticamente piensen en un anuncio hecho el 16 de marzo de 2019, en el que Claudio Tapia, presidente de la AFA, Sergio Marchi, secretario general de Futbolistas Argentinos Agremiados, y jugadoras de distintos equipos anunciaron que el fútbol femenino abandonaba la condición de amateur para recibir estatus de actividad profesional. Seguramente, pensaran, a partir de ese momento el impulso al fútbol doméstico de las chicas habrá cobrado otra dinámica. Más aún teniendo en cuenta que la FIFA decidió aportar dinero para apoyar la iniciativa y convertir el anuncio en una realidad con jerarquía de ley.

Si creemos que ser profesional significa poder dedicarse full time al asunto debo desalentarlos: actualmente, los viáticos que se pagan no llegan ni a la mitad de la canasta básica. Hay quien asegura que están por debajo de la jubilación mínima. Por cierto, no todas las jugadoras que integran los planteles de primera división reciben ese viático escuálido. Solo Belgrano de Córdoba y Gimnasia y Esgrima La Plata cumplen con ese requisito.

Sin embargo, soy un convencido de que el real reconocimiento a nuestras futbolistas no debería pasar necesariamente por un pago, por absurdo que sea. La real discriminación pasa por otros lados que, entiendo, son sustancialmente mas humillantes.

Ejemplos hay un montón, pero como para no perder el rastro del presente me voy a remitir a cosas que están pasando en estos mismos días.

En la última fecha del torneo local, la 14ª, solo Defensores de Belgrano, UAI, Gimnasia y Esgrima, Belgrano y SATSaid dispusieron que los partidos de sus equipos se jugaran en el mismo estadio en el que lo hacen los varones. Por lo demás, Huracán lo hizo en La Quemita, Racing en el Predio Tita Matiussi, Boca en el Pedro Pompilio, Banfield en el Campo de Deportes y Platense en el Predio Galván.

Como para no creer que esto fue casual, les agrego los datos de la 15ª, que se está jugando durante este fin de semana. Excursionistas, Independiente, El Porvenir y Rosario Central jugaron en sus respectivos estadios. San Lorenzo lo hizo en la Ciudad Deportiva, Ferro en la Auxiliar en Caballito, Lanús en Valentin Alsina, Estudiantes de La Plata en City Bell, el Club Atlético Estudiantes (el mal llamado de Buenos Aires o Caseros) en Martín Coronado y River en el River Camp.

Esa es la realidad en casi todos los casos y en casi todas las fechas de todos los torneos. En algunos casos con horarios y días marginales como frutilla del postre.

Lo primero que me viene en mente es que hay demasiada gente dentro de algunos clubes que considera que la representante mujer no tiene el mismo estatus que el varón. No importa en que deporte. Y a la vez, si. A nadie se le ocurriría haber mandado a Georgina Bardach a entrenarse en una pileta distinta a la de José Meolans. O a las Leonas jugar en una cancha auxiliar mientras los Leones usan la principal.

No faltará quien, con cierta lógica, explique que, por lo que cuesta abrir los estadios no hay afluencia de público que cubra los gastos. Tampoco faltará quien, con cierta lógica, desparrame sobre la mesa los certificados de los millones que se despilfarran en el fútbol masculino de la mano de técnicos contratados, echados e indemnizados, de pésimas compras durante el mercado de pase o de la fortuna que se le escurre cada institución a mano del fenómeno barra y su lógica de polirrubro prebendario.

Estoy convencido de que el fútbol femenino comenzará a ser auténticamente reconocido cuando, para empezar, las chicas jueguen en la misma cancha que los chicos. Por cierto, un buen ejemplo de equidad se dio cuando el seleccionado femenino estrenó el modelo de camiseta que, poco después, el masculino llevaría al título Mundial en Qatar.

Justamente por los prejuicios –”el fútbol es cosa de hombres”, “trabaste la pelota como una nena” y demás sandeces- creo que todavía cuesta un montón naturalizar a esta disciplina como cualquier otra en un país en el que, afortunadamente, no hay deporte que no practique una mujer.

Tal vez por algo de eso, de la falta de convicción respecto de la inclusión, la igualdad y el respeto mutuo, se tardó tanto en tomar una decisión institucional en el caso de Sebastián Villa. Caso que, por cierto, tampoco ha tenido una definición acorde con la letra pura de las normas que rigen en la órbita de las comisiones de género de los clubes.

Y no vayamos a creer que es asunto sólo de un club, solo del fútbol. O solo del deporte.

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