¿Vamos hacia una Francia sin judíos?

Sarah Halimi dormía en su cama, en el distrito 11 de París, cuando un hombre se metió por el balcón de un vecino, entró a su casa, la insultó, la golpeó y la tiró inconsciente por la ventana de un tercer piso. Tenía 65 años y era una judía ortodoxa. Su asesino, de 27, era musulmán.
El caso conmovió Francia: el joven Kobili Traoré había discutido con la mujer, una médica jubilada, estaba enfurecido y, mientras la golpeaba, le gritaba «Sheitan» («demonio», en árabe), a la mujer y «Allahu akbar» («Dios es grande»). Recitaba el Corán también. Era el 4 de abril de 2017.“Yo maté al sheitan del barrio”, gritó Traoré desde el balcón después de su acto, mientras su víctima yacía en el patio de su edificio. Su calvario duró de veinte a treinta minutos. En diciembre de 2019, el Tribunal de Apelación de París concluyó que Kobili Traoré, era criminalmente irresponsable.Esta decisión, que es objeto de una amplia polémica, fue confirmada por el Tribunal de Casación el 14 de abril de 2021. Una gran manifestación contra el laxismo de la justicia se organizó el 25 de abril pasado.

Miembros del comité de apoyo a Sarah Halimi, asesinada por un musulmán que quedó libre, piden justicia en la plaza Trocadero, frente a la Torre Eiffel. Foto AFP/ GEOFFROY VAN DER HASSELT

De este caso parte la conversación con el historiador francés Georges Bensoussan, editor de la Revista de Historia de la Shoah y autor de libros como La Europa genocida y La historia confiscada de la destrucción de los judíos de Europa, entre otros.También es responsable de una polémica frase, de 2015: «En las familias árabe-fracesas, los chicos maman el antisemitismo con la leche de sus madres». Georges Bensoussan fue acusado de «provocar odio racial». En los banquillos de los partidos civiles se situaron las principales asociaciones antirracistas, la Liga de Derechos Humanos, SOS-Racisme así como el Colectivo contra la islamofobia en Francia (CCIF). Fue reconocido inocente después de cuatro años de juicios y amenazas de muerte.La historia de los judíos en Francia está marcada por el «Caso Dreyfus»: en 1894, el capitán del ejército francés Alfred Dreyfus, de origen judío alsaciano, fue acusado de espiar para los alemanes. Lo enjuiciaron, lo condenaron, lo desterraron.

«La Europa genocida», de Georges Bensoussan (Anthropos, $3.600).

Dos años después se comprobó que el traidor había sido otro, pero el ejército no reconsideró su posición y el culpable fue absuelto.En 1898, el escritor Emile Zolá publicó Yo acuso, un alegato en favor de Dreyfus. Hubo disturbios antisemitas. Lo volvieron a juzgar y a condenar y recién en 1906 se reconoció su inocencia. –¿Podemos hablar de un nuevo «affaire Dreyfus» para el caso Sarah Halimi? Si los hay, ¿cuáles son los aspectos comunes?–Son dos casos con más de 130 años de diferencia, cuando Francia es radicalmente diferente. El único punto en común es que el sujeto judío –en un caso el capitán Dreyfus y en otro una mujer judía, médica directora de escuela jubilada, asesinada– son ambos, más allá de su persona individual, reveladores de una crisis francesa.–¿Qué crisis?–En el primer caso, una crisis política que acabará por poner en tela de juicio a la República al revelar la importancia de las fuerzas antirrepublicanas en el país y en el más reciente una crisis social que pone en relieve la inmigración masiva de origen árabe-musulmán, parte de la cual no está integrada e incluso se separa completamente de la Nación. En ambos casos, el Capitán Dreyfus antes, una médica hoy, sacan a la luz una crisis que trasciende a la comunidad judía.–Francia, vista desde el exterior, es cada vez más un país donde a los judíos les resulta peligroso vivir: ¿vamos hacia una Francia sin judíos?–Le diré sin rodeos, aunque signifique escandalizar a los optimistas de profesión, que será cada vez más difícil vivir en Francia para los «judíos visibles»; es decir, para los religiosos que llevan la kipá, respetan el Shabat, y colocan una Mezuzá a la entrada de sus casas, educando a sus hijos en establecimientos judíos, etcétera. Para ellos, si están dispersos por el territorio nacional, la vida se vuelve cada vez más difícil.–¿Porque están «dispersos»? ¿Hay una política que busca «amontonar» a los judíos?–Esto es lo que explica el reagrupamiento geográfico, lo que se llama la «Aliá interna» que empuja a muchas familias judías a dejar ciertos territorios y reunirse en otros para llevar una vida cada vez más comunitaria allí.–¿La gran cantidad de árabes que viven en Francia tiene algo que ver?–La inmigración árabe-musulmana favoreció en gran medida la retirada de los judíos a una vida en comunidad cerrada. Incluso contribuyó a su «desnacionalización» : la prueba fehaciente es que algunos tuvieron la extraña idea de remitir a la Justicia israelí el caso de Sarah Halimi, en lugar de remitirlo al Tribunal Europeo de Derechos Humanos.

«La historia confiscada de la destrucción de los judíos de Europa», de Georges Bensoussan (Waldhuter, $1.300).

–¿Qué pasa con los judíos no religiosos, los «no evidentes»?–Para los demás judíos, no seremos testigos de un fenómeno de desaparición sino de un fenómeno de invisibilización en el espacio público, una discreción acentuada, una estrategia de disimulo. Evitaremos ser notados, hablaremos en voz baja sobre ciertos temas, en el espacio profesional no diremos que somos judíos, sobre todo si nuestro apellido no lo indica de inmediato, en una palabra, actuaremos como si el judaísmo una vez más, se hubiera convertido en objeto de sospecha.–¿Siguiendo la tradición antisemita en Europa?–En Francia, esto se debe en parte a la inmigración árabe-musulmana, combinada con la indiferencia de la mayoría y la cobardía de parte de las élites políticas y culturales, también apoyadas por el islam de izquierda. Esto sin olvidar la presencia del antiguo trasfondo judeofóbico de ciertas familias francesas donde las comidas dominicales permiten revivir viejos temas antijudíos y xenófobos que no desaparecieron por arte de magia en 1945. No podemos olvidar el enorme éxito del panfleto de Ferdinand de Céline Bagatelas para una masacre (1937). Con el paso de los años, la condición judía en Francia se convertirá (como en Bélgica) en una de las más difíciles de la diáspora debido a la islamización desenfrenada del país (recordemos que Francia es el país de Europa que recibe a la mayoría de los musulmanes).–Y los judíos se van…–El éxodo ha comenzado. Algunas comunidades se están vaciando, las clases de las escuelas judías están cerrando, algunas sinagogas tienen pocos fieles. No olvidemos esta cifra, la única disponible, ya que no se contabilizan las salidas de ciudadanos según su origen: entre 2000 y 2020, 60.000 judíos de Francia (o el 15 por ciento de la comunidad) emigraron al Estado de Israel.–¿Se van sólo por el antisemitismo?–En Francia, país de la emancipación, el signo judío se está convirtiendo en un signo de exilio, o peor aún, en un signo peligroso para quienes viven en situaciones precarias, principalmente las clases trabajadoras y las clases medias. La clase media alta judía está poco en contacto con estas realidades. El judío de Sarcelles, un suburbio de clase trabajadora al norte de París, entendió hace 20 años que la situación iba mal. Los judíos de los bellos y burgueses barrios, tardaron 20 años más en comprender que la situación se estaba volviendo dramática. Cuando olvidamos la dimensión de clase nos condenamos a no entender nada sobre la situación política general del país, sean judíos o no.

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