“Valorá mi trabajo”: el personal de limpieza del Museo Moderno hizo una performance sobre la avenida San Juan

De la mano de la artista cordobesa Verónica Meloni, los empleados de limpieza del Museo de Arte Moderno de Buenos Aires salieron a la calle en la tarde del domingo para participar en una performance colectiva. Usando escobas como plumas y una viruta de corteza vegetal como tinta, escribieron frases, sentimientos, reclamos y nombres sobre la Avenida San Juan, en San Telmo.
En la tarde de un domingo caluroso, pesado, el Museo de Arte Moderno corta la calle. En el enorme espacio libre que quedó entre las vallas, hay varias pilas de un material que, de lejos, parecen hojas de árboles. No es eso: es viruta de corteza vegetal de color marrón oscuro, que combina con los ladrillos del frente del Museo.Por suerte, las ráfagas de viento que llegan a cada rato no se las llevan, aunque por momentos amagan con hacerlo. Toda condición climática afecta de algún modo u otro una performance al aire libre; de hecho, la acción se iba a hacer el sábado y  tuvo que pasarse un día por la tormenta del día anterior.

Ser visibles. La performance con trabajadores de limpieza en el Museo Arte Moderno. Foto Germán García Adrasti

Sobre los montones de astillas hay escobas. Son las cuatro de la tarde y, puntuales, salen del Moderno cinco empleados de limpieza, que pueden identificarse por sus ambos de color azul petróleo. Son cuatro mujeres y un hombre.Además, hay “civiles”: tres chicas, hijas de la encargada del equipo; la mamá de otra de las chicas; y la novia de uno de los chicos. También está la impulsora de esta obra, titulada Acción de los días.​ Verónica Meloni, que tiene inconfundible aspecto de artista: vestida íntegramente de negro, con pantalones “cargo” llenos de bolsillos, y dos trenzas rubias que caen a cada lado de su barbijo.El grupo se reparte rápidamente entre los varios montones de materia prima que hay distribuidos por el gran lienzo de la performance: la ancha calle, en todo el largo de la fachada del edificio de Av. San Juan 350, donde antiguamente funcionaba un depósito de la Tabacalera Piccardo. Los participantes de la acción agarran sus escobas y, al unísono, empiezan a barrer.

Usos de la escoba. Una performance de trabajadores de limpieza en el Museo Arte Moderno. Foto Germán García Adrasti

La propuesta para incluir al personal del Museo en esta acción artística no fue una directiva, sino una conversación. La preparación consistió en una serie de charlas con el grupo, en las que, más que definir las palabras que escribirían, se centraron en definir el espíritu que buscaban compartir, según nos explica Carla Barbero, curadora de la acción. Así, los participantes se convirtieron en coautores de la performance.“Cuando me propuso Verónica ser participante de la obra, fue algo extraño. En esta etapa de pandemia, siempre decían que éramos esenciales; lo somos, pero somos una parte invisible de los esenciales”, nos cuenta Mónica Prigioni, encargada del equipo de limpieza del museo. “Fue como un sueño: fue salir de la rutina de nuestro trabajo, pasar de ser invisibles a ser visibles”.Mónica, además de ser la primera en decir que sí y de convencer a varios otros miembros del equipo de que participaran, sumó a la performance a su propia familia: “Hablé con la artista y le propuse que fueran partícipes mis hijas, porque son mi pilar, son las que veo muy poco, las que me bancan. Quería que vivieran esta experiencia y que valoraran también el trabajo que hace Mamá todos los días”.Así comienza la acción: en un gesto opuesto al que normalmente se hace al barrer, el de reunir toda la basura, en este caso usan sus escobas para desparramar esas astillas de madera. Las escobas, a su vez, no son escobillones de plásticos de colores; son las viejas escobas de palo de madera y cerdas de paja. Las cuerdas duras rasguñan el asfalto con un sonido crocante. De pronto, además del murmullo de la feria de San Telmo a la vuelta (al que se suman, en distintos momentos, una batucada y la musiquita de un espectáculo de títeres), solo puede oírse ese rasguear de las diez escobas.En el suelo, con sus enormes pinceles, los “performers” empiezan a formar letras. Los espectadores, a ambos lados de la calle, estamos tan socialmente distanciados, en nuestras sillitas blancas sobre las veredas, que parecemos menos de los que realmente somos: más de cien, además de los curiosos que se asoman por la valla de la calle Defensa. Se vuelve casi un juego intentar adivinar qué están escribiendo: “ES”, “ESE”, “ESENCIA”, “ESENCIAL”. Con lentitud y paciencia, se van dibujando haikus de madera, ensayos de caligrafía japonesa sobre un lienzo de asfalto. Hay varios niños, que intentan adivinar, con sus padres, las palabras que se van formando. “Leé vos, que sos más alta”, le dice un nene a la mujer que lo acompaña. Es cierto: desde el nivel del piso es difícil identificar las palabras. Por eso el museo captura todo con un dron, cuyo zumbido se suma al de las escobas cuando desciende a pocos metros de la calle.

Palabras. Frente al Museo de Arte Moderno, los trabajadores de limpieza hicieron arte. Foto Germán García Adrasti

Las líneas blancas de la ancha avenida San Juan hacen, por momentos, de renglones. Con sus cabezas inclinadas hacia adelante, en profunda concentración, casi todos escriben en el mismo sentido, aunque algunas palabras “miran” al museo y otras le dan la espalda. Si bien es una acción colectiva, también hay algo de introspectivo, una meditación personal.»El trabajo es bastante sistemático: ellos, a diario, limpian los mismos lugares. Trasladarlo acá es como hacer una analogía de que esa rutina también puede ser creativa», explica Carla Barbero, la curadora. “Hoy no son solo esenciales en el sentido de que no se ha visto interrumpida su actividad, sino que los protocolos de higiene básicamente son los que hoy nos están rigiendo la vida”, nos cuenta. En esta “vuelta a la vida”, a su vez, el Museo se quiere enfocar en “borrar los límites entre el adentro y el afuera”, trabajar más con el espacio público, con la vinculación con el barrio.Después de una hora, las palabras se tejen en frases: “VALORÁ MI TRABAJO”, “NOS SOBRA TIEMPO, NOS FALTA VIDA”, “SEPARADAS PERO UNIDAS”, “LO ESENCIAL NO ES INVISIBLE” (¿una referencia a El principito?). También aparecen nombres propios: “ROCÍO”, “GUSTAVO”, “MAXI”. Todos los participantes tienen su impronta. Hay trazos finos y gruesos; más altos, más chatos; hay letras cuadradas, letras redondeadas; las hay más juntas, más separadas.

Con distancia. El público de la performance de los trabajadores de limpieza del Museo de Arte Moderno. Foto Germán García Adrasti

La artista, Verónica, también escribe; su frase reza: “ENTRAR A UN LUGAR Y SALUDAR”. Si bien es una más del equipo, la delatan sus letras finas, de diseño, y su agilidad con la escoba, a la que agarra como si la hubiera usado más para escribir que para barrer. De hecho, no es la primera vez que realiza esta acción; empezó a experimentar con la escoba hace dos años, y pasó de hacerlo de forma individual a constituirlo en acciones colectivas, que incluso realizó con una comunidad de barrenderos y barrenderas de la ciudad de México en febrero de 2019.“Comencé con la acción de barrer oponiéndome a la función utilitaria de ese acto cotidiano. No utilizo la escoba como un pincel o una herramienta que ‘marca’, sino como una que desplaza, desliza, mueve y expande material sobre una superficie”, nos explica Meloni. “Ese universo de movimientos irregulares de partículas posee una poética sutil, poderosa y potente”.Después de una hora y cuarto de escritura, todo se detiene por un par de minutos. El lienzo de la calle cortada está lleno, las letras formaron palabras, que formaron un texto. Las frases se suceden, las palabras se chocan. Desde arriba, se ve como un grafiti grupal, a veinte manos, como una hoja de firmas, como un viejo guardapolvos en el último día de clases. Los barrenderos-escritores, los coautores de la performance, se miran. Y, de pronto, ante una señal, empiezan a borrar su trabajo de la última hora y media. ¿Quién, si no ellos, iba a limpiar todo ese arte?Mucho más rápido que lo que les tomó escribirlas, reúnen cada letra y van formando, nuevamente, los montones de maderitas. A medio barrer, una de las hijas de Mónica deja caer su escoba. Ya está demasiado agotada por el sol. Se sienta en una silla, roja y acalorada, mientras su hermana la abanica. El trabajo que hace mamá no era tan sencillo. Unos diez minutos después, todo vuelve a su estado original. Las pilas de astillas; las escobas. Un aplauso y una multitud distanciada que se separa aun más. Quedan pocos rastros de que en esa avenida se escribió arte.PK

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