Luis Gusmán: “Todo escritor funda un club de huérfanos salvados por la conversación”

En 1973 un libro breve, excéntrico y sin aparente filiación en su estilo hizo su aparición en el panorama argentino: El frasquito. Prohibido en la dictadura por inmoral, el libro siguió haciendo su andadura en posteriores ediciones, y su autor, publicando sin tregua.
Luis Gusmán es autor de novelas (Brillos, El peletero, Tenessee, Villa, entre otras), pero también ensayista (Kafkas, La valija de Frankenstein). Es psicoanalista, oficio que ejerce a la par que el de escritor. En los años 70 participó de las revistas Literal y Sitio. En 2014 obtuvo el Premio Konex de Oro en el rubro Literatura. A pocos días de la reedición de Villa -obra publicada en 1996-, uno de sus libros más leídos, responde algunas preguntas a vuelta de correo.

«Frente a cualquier reedición siempre siento lo mismo: por qué no corregí esto o aquello», dice. Constanza Niscovolos

-Se acaba de reeditar Villa, que es una novela extraordinaria sobre cómo opera la maquinaria burocrática puesta al servicio de la muerte en la época inmediatamente anterior a la dictadura. Jorge Panesi ha señalado lo que Villa le debe a Kafka, del que usted es devoto lector. -Jorge hizo una gran lectura del libro porque lo arrancó de cierta circulación de lecturas más contextuales sobre el tema político, si se quiere más realista, y situó a Villa como médico de la memoria. En ese sentido, podríamos llamarlo burocráticamente kafkiano, ya que es una administración de la memoria, casi un archivo viviente que fue registrando lo que sucedía a su alrededor. Pero, se podría decir que, a la inversa del señor K, el personaje kafkiano que es un inocente que desconoce de qué y por qué se lo declara culpable, Villa es culpable de una complicidad con la represión de turno, las tres A, pero lo hace desde cierta, si se quiere, “inocencia”, creyendo que su colaboracionismo lo va a dejar al margen, porque él solo cumple órdenes.-En la novela lo que opera es una maquinaria, una lógica, que como toda lógica lleva en sí el germen de la crueldad. ¿Pensaba en Kafka mientras la escribía?-Sí, creo que todo escritor es lector de Kafka. Tiene tal influencia que hasta el propio Borges se ve obligado a decir una frase retórica: “Pasé ante la revelación y no me di cuenta”. La máquina burocrática de Kafka no es, como se suele entender, una cierta morosidad jurídica, sino que cuando se instala una burocracia, una lógica, una máquina del terror, su eficacia consiste en que cualquier señor K puede ser intercambiable por otro señor K. Por supuesto, si recordamos la gran película de Losey, El otro señor Klein, cualquiera puede ser el señor K o el señor Klein. En el contexto histórico de la película, por supuesto no se trata de cualquiera, sino que el señor Klein era un judío enviado a un campo de concentración por el régimen nazi.
“La máquina burocrática de Kafka no es, como se suele entender, una cierta morosidad jurídica, sino que cuando se instala una burocracia, una lógica, una máquina del terror, su eficacia consiste en que cualquier señor K puede ser intercambiable por otro señor K”.

-¿Qué siente frente a esta reedición?-Frente a cualquier reedición siempre siento lo mismo: por qué no corregí esto o aquello, generalmente más suprimir que agregar. El frasquito y Villa son mis dos libros más reeditados a lo largo de los años. No podría decirte porque son incorregibles. -Un tema que recorre gran parte de su literatura es el miedo. Sus personajes tienen miedo. ¿Opera como motor narrativo en su literatura?-Me gusta una comparación que hace John Berger donde dice que todo escritor es un huérfano que busca a otro huérfano para poder contarle una historia. Es más, funda un club de huérfanos; salvados, si se quiere, por la conversación o porque hay alguien a quien le puedo contar una historia. Villa es un animal dominado por el miedo. Silvio, en Hasta que te conocí, es un stripper acusado de un crimen que no cometió y eso lo llena de miedo. Y el niño viejo, si se me permite la licencia, de El frasquito, sí, tiene miedo a los espíritus. Invirtiendo el título de la novela de Carpentier (El reino de este mundo) su miedo no es de este mundo sino del más allá. Creo que el miedo te deja huérfano, desamparado. -Luis Tedesco dice de usted que es un gran lector de poesía, y otro Luis, Chitarroni, que tiene un lirismo casi involuntario. ¿Quiénes son los poetas a los que lee y admira?-Sí, soy lector de poesía. Como decía Ricardo Zelarayán, esa respiración entre una palabra y otra que llamamos puntuación. Es decir, temporalidad. Lo de lirismo involuntario, es casi. Quiero decir, fue una decisión, ya que habiendo cursado mi escritura hacia cierta apuesta o imposición de la trama, ésta se impuso sobre mi lirismo. No concuerdo con Luis con que sea involuntario, por lo menos a partir de Villa… Leo a Borges, me parece un ejemplo el de «El poema conjetural»: “El íntimo cuchillo en la garganta”. Que hallazgo poético, ni frío, ni filoso. Leo a los hermanos Lamborghini, a Perlongher. Por supuesto, he leído a Tedesco. Leo a Vallejo, a Lezama. A Lemebel, que es un poeta escribiendo lo que escriba. Y por supuesto traducidos a Eliot, a Auden, Derek Walcott, a Rimbaud, Coleridge, a Emily Dickinson, a Santa Teresa, a Robert Lowell. -El frasquito es de 1973. Sin embargo, es muy distinto de los que vinieron después. ¿Fue natural seguir escribiendo en otro tono, o tuvo que aprender una nueva forma de decir?-No, se me impuso otro estilo. La literatura no se aprende. En todo caso se “aprende” a leer, eso ayuda a escribir, Los libros autobiográficos tienen una impronta imborrable. Yo para deshacerme de esa impronta de El frasquito, llegue a copiar, a plagiar, a una mezcolanza, como bien dice Leónidas Lamborghini. Sí, tenía que encontrar otra voz, otra escritura como decís. La encontré en los otros. Por eso me gusta el título de un libro que se escribió sobre mis libros: Escrito por los otros.

La novela reeditada por Edhasa tiene 280 páginas y cuesta $950.

Gusmán BásicoBuenos Aires, 1944. Psicoanalista, novelista, cuentista y ensayista. En el campo de la ficción ha publicado El frasquito (1973, 2009); Brillos (1975); Cuerpo velado (1978); En el corazón de junio (1983, Premio Boris Vian); La muerte prometida (1986); Lo más oscuro del río (1990); La música de Frankie (1993); Tennessee (1997) –llevada al cine por Mario Levín con el título de Sotto voce–; Hotel Edén (1999); De dobles y bastardos (2000); Ni muerto has perdido tu nombre (2002), El peletero (2007), Los muertos no mienten (2009), La casa del Dios oculto (2012) y Hasta que te conocí (2015). También es autor de una autobiografía, La rueda de Virgilio (1989, 2009), y de varios volúmenes de ensayos: La ficción calculada (1998), Epitafios. El derecho a la muerte escrita (2005), La pregunta freudiana (2011); Kafkas (2015); La ficción calculada II (2015) y Un sujeto incierto (2015). Varios de sus libros se han traducido al portugués.

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